{{"Ahi va uno de los prototipos de Dios. Un mutante ni siquiera reconocido por la producción en masa. Raro para vivir y escaso para morir."}}

25 mayo, 2010

Hace doscientos años, un país llamado Argentina empezaba a nacer. [fue un parto largo, che]



No hay Revolución sin Revolucionarios — Los
 revolucionarios de todo el mundo somos hermanos.
José de San Martín. 

La Patria es la América
Simón Bolivar

Al penetrante grito de la patria, todos debemos ser uno.
José Artigas.

Si somos libres, todo nos sobra.
José de San Martín.

La vida es nada si la Libertad se pierde
Manuel Belgrano.

El pueblo no necesita sino dirección para hacer grandes cosas.
Mariano Moreno.

El fruto de mis tareas es muy pequeño para que pueda llenar la grandeza de mis deseos.
Mariano Moreno.

Mucho me falta para ser un verdadero padre de la Patria, me contentaría con ser un buen hijo de ella.
Manuel Belgrano

La causa de los pueblos no admite la menor demora.
Su libertad es lo mas sagrado para mí, con ella no ofendo ni temo.

José Artigas

22 mayo, 2010

Y cuando un día de estos ya no me encuentres, 
tal vez ahí te acuerdes de la chica triste que te miraba esperando algo más que sólo migajas de tu amor. 
Ella ya se fue, 
se atrevió a volar.—

11 mayo, 2010

El chico la quería; ciega y locamente. Y ella… bueno, nunca nadie supo bien qué sentía ella. Si les preguntabas, él aseguraba haberse enamorado del triste aire soñador que la envolvía. Ella, en cambio, decía que le gustaban sus ojos negros, grandes y la forma en que le brillaban cuando la miraba. La pasaban bien. Esa chica era su mundo. Él no era más que una mínima parte del de ella. 

La chica había querido alguna vez. Se había entregado, se había regalado incondicionalmente. Así, irrevocable y perdidamente; un amor de película. De esos con mariposas, flores y rubores y sonrisas tímidas bajo las sábanas. Un amor de esos que erizan la piel, que se llevan al mundo por delante, empapados de arrolladora pasión. Sí, ella lo había dado todo y el resultado había sido devastador: el corazón roto y madrugadas enteras rogándole a la Luna entre sollozos que volviera el tiempo atrás.


Así la conoció él. Y así la quiso. Suave, triste, vulnerable. Fría, indiferente, silenciosa. El chico sabía en qué se metía y sabía que no tenía derecho a quejarse. Y la amó, como nunca lo había hecho con nadie. Aunque doliese, aunque lo lastimase, aunque costase, aunque tuviese que aprender a conformarse con los trozos disueltos en lágrimas de un pobre corazón demasiado débil como para volver a querer. Y se arriesgó. 

Y la tuvo. Besó sus labios, sostuvo su mano, fue suya en cientos de noches. La hizo reír y se prometió que nunca la dejaría volver a llorar. Y fracasó. Ella nunca le dijo que por las noches la angustia le carcomía el pecho, jamás mencionó los frecuentes ataques de pá nico ni dejó entrever las marcas inequívocas de una noche en vela. Pero él lo sabía. La sentía revolverse de miedo, de tristeza, algunas noches a su lado, mientras pensaba que él ya dormía. La notaba ausente. No se dejaba ayudar y él tampoco podía hacer mucho más. Ella nunca olvidaría. Jamás dejaría ir ese pasado al que se aferraba desesperadamente. No pararía de soñar con su regreso.

Y así fue como, un día y de repente, todo terminó. Ante la mirada seca de la chica que nunca lo querría, él lloró diciéndole que ya no podía soportarlo más. Que nunca había funcionado y que no tenía sentido seguir fingiendo otra cosa. Respiró hondo y se secó las lágrimas antes de imprimir en su boca el último beso. Se prometió que no daría la vuelta y regresó a casa con los labios aún sabiéndole a ella. Sabía que era su hora de sufrir. Que no la olvidaría. Que siempre la querría. 




Y esta noche entre sueños la Luna le susurrará al chico del cabello desordenado y los grandes ojos oscuros que aquella triste chica del corazón roto y los sueños imposibles sigue pensando en él.



Se miran. Saben que se quieren. Que se extrañan. Que se necesitan. Ninguno habla. Ninguno se mueve. Esperan. Uno frente al otro, registrando con la mirada todo lo que el tiempo hizo con sus cuerpos en los últimos casi tres meses. Un mechón de pelo más largo, un nuevo lunar, una coloración ligeramente distinta en la piel. Él lleva una camisa gris que no recuerda haberle sacado jamás y en su tobillo izquierdo ella exhibe una delicada cadena de plata. Están iguales, después de todo. Comiéndose con los ojos, sin atreverse a romper la última barrera. Ella sabe que es su turno. Que no va a ser él el que hable de sentimientos ni prometa cosas. No esta vez. Abre la boca. El corazón le palpita, rápido y con fuerza; no puede emitir sonido. Así que calla. Lo mira y él le devuelve la mirada impaciente, mirándola con esa angustia que se le ha clavado en los ojos. Con ganas de irse pronto, antes de sucumbir. Ella respira profundamente y se resigna. Habla rápido, mirando al suelo, casi en un murmullo.

— Te quiero.

Él le clava la vista y la mira con el ceño fruncido. Ella respira agitadamente, con el rostro cubierto por un suave rubor.

— ¿Qué?

— Que te quiero. Tal vez siempre lo hice. Sólo que no me di cuenta. O tal vez no; tal vez necesitaba perderte para empezar a hacerlo. —sonríe— Soy una idiota. Pero sí, te quiero.

Él no dice nada. Sólo le devuelve la sonrisa y se le acerca en silencio. La mira de arriba abajo, recordando las curvas que tantas veces se amoldaron a las suyas. Le apoya una mano en la cintura y, con la otra en su nuca, la besa.

Y ambos saben qué significa. No necesitan más palabras.

14 abril, 2010

Día 6485 en la Tierra (y seguimos contando).

Saber lo que tenés que hacer y saber que nunca lo harás. Detenerte por esa estúpida costumbre de pensar en no lastimar a los otros aunque te hagas mierda vos. Y desearlo. Desearlo con cada partícula de tu ser. Y seguir sabiendo que nunca lo harás. Y no es por miedo, no. Es porque SU felicidad, su tranquilidad es más grande, más fuerte, más importante que la tuya. Siempre fue así y siempre lo será. Estás atada, imposibilitada para ser feliz, para dejar ir todos tus fantasmas, para quitarte esa cruz que hace años que llevás. Y que toda esta mierda te pese, te duela, te lastime y te condicione. Y te dejás pisar, como siempre lo hiciste. Y dejás que el resto te culpe [o quizás vos te culpás y lo que ves en ojos ajenos no es más que el reflejo de los tuyos]. Y querer matarlo. Sí, matarlo. Desplegar tu sadismo e imaginar mil y un formas de hacerlo sufrir. Porque vos estás sufriendo. Y aquellos a los que más querés sufren también. Y él sigue ahí, impune, fresco. Y estás mal. Y no podés pensar, no podés leer, no podés escribir, no podés dormir. Y tenés miedo a la cama y a estar rodeada de silencio y oscuridad. Le temés a lo que la angustia pueda hacer con vos. Inventás mil y una estrategias para ganarle a los ataques de pánico y finalmente te quedás dormida sobre la almohada empapada, lista para otra noche de sueño liviano y contracturas. El infierno en vida. Parece que las ganas y el placer se mudaron muy lejos tuyo y que la angustia nunca termina. Y lo único en lo que pensás claramente es en lo mal que está todo y en las ganas que tenés de morirte, de irte y nunca más volver. Desaparecer. Querés morirte. Sí, es eso. Morirte. Porque ya no podés más. No querés cargar con esto. Porque cada instante se clava en el cuerpo con el frío del hielo, con la fuerza del viento. Con furia. Y sentir que podrías llorarte la vida, que no existe suficiente música para tapar tus sollozos ni suficiente esperanza para hacerte poner en pie. Estás cansada. No tenés ni fuerza para seguir fingiendo una sonrisa, porque hasta los labios te pesan ya. 

Y sentirte sola. Irrelevante. Insignificante. Olvidable. Reemplazable. Descartable. 

Perdiendo en esa guerra entre vos y tu conciencia que te dice lo que de todos modos ya sabés. Cansada de luchar por mantenerte cerca de la superficie. Estás harta de decir que estás bien, de simular que ya lo olvidaste. Destruida de tantas batallas con muchas penas y nada de gloria. [Todavía me pregunto cómo hiciste para no dejarte caer.] Olvidada. Abandonada. Exhausta de tanto correr tras los fantasmas ausentes, temblando de miedo y tragándote las lágrimas. Afónica de tanto gritar esperando que alguien se digne a darse cuenta de lo que pasa. Que alguien mire y recuerde que estás ahí. Que siempre estuviste. Pero nadie contesta. Nadie aparece, a nadie le importa. La historia de tu vida. Aparentemente jamás fuiste lo suficientemente importante como para merecer su atención o aunque sea una explicación. Sos tan poca cosa que ni un simple “¿Estás bien?” te merecés de parte de todos aquellos a los que alguna vez diste todo por ayudar. 

Quizás es hora de que lo aceptés y dediques el resto de tus días a contar las horas que te separan de la nueva vida que algún día empezarás lejos de todo y de todos.

27 marzo, 2010

Es curioso cómo la vida pasa, las cosas cambian y todo sigue igual.—

Dos mil nueve. Más de ochenta crisis de autoestima y un miedo descontrolado a fallar. Un año. Alrededor de cincuenta mensajes de texto suyos. Unas cinco tardes juntos que para él no significaron nada y para mí eran el mundo. Dos noches escuchándolo dormir a través de una pared. Un viaje del que infructuosamente me quisieron editar. 365 días. Veintiocho entradas en el blog. Una cuenta de facebook y cientas de horas de vicio. Tres sombreros, cuatro colores de pelo diferentes y un nuevo par de anteojos. Dos modelos y una mención de ONU. Doce meses. Diez períodos menstruales. Dos meses de peleas y una supuesta reconciliación que de todas formas no duró. Dos amigas menos [probablemente más, pero no me acuerdo ni me importa]. Tres esmaltes negros, uno rojo y uno fucsia. Dos salidas del closet. Muchas horas. Setenta películas. Tres proyecciones de “Milk” y un intento de seguir sus pasos. Un encuentro-debate y una bandera que va contra la estética del parque cívico. 56 encuestas. 52 semanas. Dos capítulos de The Tudors. Un amor sin puerto alguno, una guerra de histerias y quién sabe cuántos sueños recurrentes. 84 Cds pintados de plateado y 84 de negro. Millones de segundos. Tres amistades nuevas [y unas cuantas que crecieron]. Tres encuentros inesperados con el chico igual a Gonzalo. Dos dietas y casi cuatro kilos bajados y subidos en el medio. 222 cosas en la lista de 500 cosas sobre mí que nunca acabé. Una máquina de escribir, dos corbatas, una polaroid y un par de ray ban. El cadáver de un secreto que quedó guardado en el armario y una sonrisa tatuada sobre las lágrimas. Dos mil diez. Cuatro capítulos de mi novela listos y editados. Una semana en la playa con amigos para que pudiese disfrutar de todo aquello que ya se me estaba yendo. Dos sesiones con la psicóloga de DAMSU [y dos más con la de la escuela]. Cuatro amigos que ya no están [y dos que ya ni sé]. 308 mensajes de texto. Dos personas que de repente ya no me hablan. Tres meses. Una ecografía. Diecisiete pastillas anticonceptivas. Una lady-cartuchera. Aproximadamente veinte [casi] ataques de pánico y unas tres contemplaciones de suicidio. 86 días. Trece libros que esperan a ser leídos [y uno que hace meses que está a la mitad]. Un picnic por el mismo amor. Dos vestidos nuevos. Doce semanas. Un amor que no para de doler y un inicio de cuadro depresivo que no parece amainar. Cinco entradas y una amenaza en el blog. 2.064 horas [tal vez un poco más, acaso un par menos]. Una gothic, una noche en la alameda y una muy mala fiesta de disfraces. Doce bidones de Citric y unas quince botellitas de Paso de los Toros. Muchas peleas con mis viejos. Una responsabilidad civil ignorada y una culpa constante que no me deja vivir. Dos pruebas de italiano y una de inglés. Dos películas en 3D, dos clases de cine, un libro encargado en Yenny’s que no sé cuándo me dignaré a comprar y una nota a Dora. Unas ganas locas de irme a la mierda y un miedo enfermizo a fracasar. Seis, siete, ocho mareos. Diez tardes ocupadas solamente en dormir. Un ovario de menos de tres centímetros con un quiste de más de seis. Dos reinas de la Vendimia escrachadas y casi cuatro mil folletos repartidos. Una organización acabada y resucitada. Tres limados. Cien pesos en el buzo y todavía queda plata por pagar. Una necesidad loca y exacerbada de conseguir un trabajo. Dos películas de Campanella vistas y 31 capítulos de Cold Case grabados sin ver. Cinco días para pintar cuatro paredes. Dieciséis notas en el facebook y cuatro textos empezados y jamás terminados. Unas diez personas interesantes conocidas y unos veinte pelotudos a los que no quiero ver nunca más. Un imbécil al que me prometí que iba a matar y un par de ojos celestes casi grises a los que que me juré hablarle. 107 días para cumplir dieciocho y el sentimiento de que ya nada va a cambiar. Miles de lágrimas y este vacío adentro que ruega que alguien le diga que existe la vida después de este infierno.

12 marzo, 2010

Todo eso que queda sin palabras entre los dos.—

¿Será cosa mía o es verdad que tus ojos se chocan con mis ojos y algo queda sin decir?
[Ya estoy harta de tu histeria compitiendo con la mía para ver quién gana en esta guerra declarada entre mi orgullo herido y tus pocas ganas de crecer.]

23 febrero, 2010

14 febrero, 2010

Sorry, darling. Hoy te dejo con las ganas.

Hoy es un buen día para llorarte. 
[y cómo te gustaría verlo]
Pero no.
Hoy ya no tengo ganas de pensar en vos.


MEJOR, me voy de Picnic 


15 enero, 2010

Y si mañana vienes por mí te dirán que ya no estoy, que lo logré. 
Que por fin pude volar muy, muy lejos


[.La playa me espera.]

07 enero, 2010

Y es que cuando estoy con vos nada más parece importar.—

Raptarte una noche de improviso y obligarte a olvidar el mundo tras la puerta cerrada con llave. Parar los relojes en el segundo exacto en que mis ojos se detienen, ardientes, en los tuyos; en un mutuo y silencioso acuerdo.  Llenarme de ellos y de la manera en que me mirás, temeroso y expectante por dar el primer paso. Y sí, romper de una vez por todas las distancias. Romper con los esquemas, romper con las convenciones. Destruir esa espera que nos está quemando de a poco. Tomar revancha del aire que se interpone entre nosotros y no dejarle un espacio en el que colarse. Tocarte como nunca antes pude hacerlo. Desgastar tu cutis de tanto acariciarlo y volverlo a engrosar a base de besos. Pasear por esas zonas sensibles de tu piel, despertándote escalofríos y animándote a hacerle caso a tus instintos, a satisfacer tus más locos e impúdicos deseos.


Y que vos también me toques de mil maneras diferentes; con afán casi salvaje, con imperiosa urgencia, con apuro demandante, lascivo; incontenible. Hacerme agua entre tus manos para caer cual lluvia copiosa sobre cada recoveco de tu cuerpo. Imparable. Insaciable. Impaciente. Indomable. Inundándolo todo de ganas, de pasión, de deseo. Dejarte nadar en mí y hacerte naufragar ahí donde los sentidos se fusionan, donde mis piernas —y quizás también el mundo— se terminan. Ahí donde vos y yo nos hacemos uno.


Convertirme en protagonista de tus más perversas fantasías para después volverlas realidad. Convertirte a vos en mi droga personal, en mi vicio más arraigado. Encadenarme a tus labios para convertirme en esclava de tus besos. Anudarme a tus manos para ya no poder alejarme de tus caricias. Olvidarme de mi nombre de tanto gemir el tuyo. Arrancar de tu piel a mordiscos las huellas que amantes pasadas dejaron y marcarte con las mías propias. Llenarte de ellas y declararte a vos, tu cuerpo y tu alma de mi entera y exclusiva propiedad. Mío. Mías tus madrugadas, míos tus brazos. Mío el derecho a tocarte, mías las sílabas por las que clamas. Mío el tacto que te hace enloquecer, mías las gotas de sudor que surcan tu nuca en las noches de pasión.


Entregarte servidos en bandeja cada uno de mis latidos para que compongas con ellos una melodía sobre la que yo pueda plasmar en letras todo aquello que podríamos hacer los dos, robándote uno que otro rubor, de esos que se te dan poco pero maravillosamente bien. Y mirarte. Mirarte mucho. Y descubrir el momento exacto, preciso en que dejás de ser el chico bueno y educado que despierta sonrisas tontas y te convertís en esa inexplicable fuerza magnética que invita a la sinrazón. Y adorarte en ambas fases de forma distinta, ciega y descontroladamente. Quererte con o sin ropa. Quererte sin clichés, sin frases cursis, sin esperas, sin inhibiciones, sin distancias. Quererte con locura, con ardor, con entrega; con ganas de quedarme por siempre ahí en tu cama, hablando de nuestros sueños desquiciados entre beso y beso. 


Y volver a caer en tus brazos, lista para otra dosis de tu sabor. Perderme entre tus piernas esperando nunca encontrar una salida. Sentir cómo tu lengua se cuela en esos lugares que nunca antes nadie tocó, haciéndome enloquecer lenta e irrevocablemente. Enredarme con tus sábanas, perdiendo el sentido del tiempo y el lugar mientras el vaivén de caderas corta una a una las ataduras que me ligan al mundo y adormece mis miembros. Ver el brillo pecaminoso de tus ojos en el instante justo en que el placer tense mis músculos y me obligue a morderme los labios para tragarme las ganas de gritar. Y llegar juntos a ese punto álgido de pasión que nos hace clamar por más. Rogarte que no pares, que quiero sentirte dentro. Hundiéndote tanto en mí que casi puedas rozarme el alma.


Dejarme hipnotizar por la cadencia lujuriosa de tu respiración agitada, salpicada aquí y allá con los fuertes y despreocupados acordes de tu risa. Deleitarme con el resonar rítmico de tu corazón, acostada en tu pecho mientras tus dedos vuelven a hacerme estremecer, grabando dibujos en mi piel. Sentir que ninguna cercanía le es suficiente al desesperado ansía de tenerte. Descubrir esa nueva fuerza que me nace bajo el estómago y me crea una sed casi enfermiza de vos. Que me hace querer irrumpir en tu ser sin pedir permiso, con fogosidad avasallante, rozando la violencia. Que puebla mi mente de imágenes que exigen ser materializadas en la realidad. Que ofusca mi razón y me invita a zambullirme en esa inconsciencia que sos vos así; en estado puro, al natural. Que me hace desearte. Y pegar mis labios a los tuyos con ansiedad rayana en la furia. Explorar tu boca con mi lengua en una libertina invitación al delirio.


Pasar horas bailando al ritmo desbocado e irrefrenable que nos impone la necesidad de fundirnos el uno en el otro; precipitándonos hacia el éxtasis, ahogándonos en el gozo ilimitado de sentirnos tan cerca. Tatuándonos mutuamente todo tipo de señales de nuestra mutua pertenencia.Y que el sol nos encuentre con el cabello alborotado y las mejillas encendidas, queriendo prolongar el momento indefinidamente. Agotados, felices. Empapados en esa esencia especial y particularmente excitante que impregna el ambiente cuando estamos juntos. Que la luz del alba ilumine los vestigios de nuestro encuentro, tiñéndolas de realidad. Los zapatos tirados por ahí, la ropa en el suelo, las sábanas que a duras penas cubren los cuerpos exhaustos, marcados de cientos de maneras distintas. Y saber que esto es lo que quiero, ahora y siempre. Vos y yo obedeciendo esos impulsos que se evidencian en el aire que envuelve nuestra proximidad. Vos y yo robándole tiempo a los días para estar juntos. Vos y yo alejándonos del mundo para adentrarnos en esa realidad más palpable que sólo nos pertenece a nosotros. 

Vos y yo sumergidos en el deleite excesivo de dejar de ser dos.