{{"Ahi va uno de los prototipos de Dios. Un mutante ni siquiera reconocido por la producción en masa. Raro para vivir y escaso para morir."}}

04 octubre, 2012

Abandono. Traición. Desesperanza. Miedo. Mentiras. Hipocresía. Desencanto. Corrupción. Desinterés. Olvidos. Promesas Rotas. Falsedad. Condescendencia. Superficialidad. Indiferencia. Vacuidad. 


Es bueno saber que, cuando el mundo perdió toda poesía, todavía quedás vos.

Felices... eh... dos años, dos meses y... (pará que cuente) 20 días. Te amo

02 septiembre, 2012

Hace cincuenta años, Ray Badbury se daba cuenta de la superficialidad a la que estábamos yendo.

¿Cuándo comenzó todo esto, te preguntas, éste trabajo, cómo se organizó, cuándo, dónde? (...) En verdad no progresamos hasta que no apareció la fotografía. Luego las películas cinematográficas, a principios del siglo veinte. La radio. La televisión. Las cosas comenzaron a ser masa. Y como eran masa, se hicieron más simples. En otro tiempo los libros atraían la atención de unos pocos, aquí, allá, en todas partes. Podían ser distintos. Había espacio en el mundo. Pero luego el mundo se llenó de ojos, y codos, y bocas. Doble, triple, cuádruple población. Películas y radios, revistas, libros descendieron hasta convertirse en una pasta de budín, ¿me entiendes?
— Creo que sí.
— Píntate la escena. El hombre del siglo diecinueve con sus cabellos, sus carretas, sus perros: movimiento lento. Luego, el siglo veinte: cámara rápida. Libros más cortos. Condensaciones. Digestos. Formato chico. La mordaza, la instantánea. Los clásicos reducidos a audiciones de radio de quince minutos. Reducidos otra vez a una columna impresa de dos minutos, resumidos luego en un diccionario en diez o doce líneas. Exagero, por supuesto. Los diccionarios eran obras de consulta. Pero muchos sólo conocían de Hamlet un resumen de una página en un libro que decía: "Ahora usted puede leer todos los clásicos. Lúzcase en sociedad." ¿Comprendes? Si no quieres que un hombre sea políticamente desgraciado, no lo preocupes mostrándole dos aspectos de una misma cuestión. Muéstrale uno. Que olvide que existe la guerra. (...) Que la gente intervenga en concursos donde haya que recordar las palabras de las canciones más populares, o los nombres de las capitales de los Estados, o cuánto maíz cosechó Iowa el año último. Llénalos de noticias incombustibles. Sentirán que la información los ahoga, pero se creerán inteligentes. Les parecerá que están pensando, tendrán una sensación de movimiento sin moverse. Y serán felices, pues los hechos de esa especie no cambian."



 Monólogo de Beatty, bombero, jefe de Montag en "Farenheit 451", de Ray Bradbury (p.53-60)

14 julio, 2012

Señor,
Tengo veinte años
También mis ojos tienen veinte años
y sin embargo no dicen nada.

{Qué haré con el miedo}

06 junio, 2012

Masquerade

Y parece que ya es regla que a la hora de la verdad todos nos olvidemos de lo que somos, lo que fuimos, 
lo que prometimos ser.

13 mayo, 2012

Tarnished Angels

¿Sabes quién yace muerto en el fondo del lago? El hijo de un médico rural de Ohio, que se negó a seguir los pasos de su padre porque era un hombre del siglo XX. Era un chico que se coló bajo la tienda de una guerra lejana, sólo porque ya no le interesaban las motos y los coches. Porque sentía pasión por la máquina voladora. No conocía más bandera ni más enemigo que la muerte. Cuando acabó la guerra se convirtió en héroe a su pesar. Él no pidió los confetis y las banderitas. Y huyó de todo ello. Estuvo perdido hasta que descubrió esos pilones. Esos tres huesudos dedos de la muerte que se alzan de la tierra esperando hacerle caer en picado. Y persiguió a esos pilones de costa a costa. Canadá en verano, México en invierno. Los cuatro viviendo con una sola maleta y un solo abrelatas. Y no buscaban dinero, ni tampoco la gloria. Porque la gloria duraba hasta la carrera siguiente. Era un hombre conquistado por la máquina de volar. Y eso no es todo. Abandonó cualquier ambición terrenal. Hogar, familia y amor. ¿Por qué? Porque en su fuero interno sabía que un hombre sin sangre en las venas tenía que caer… antes o después. Y Roger Shumann cayó. La noche anterior a caer en el lago… cayó tan profunda y duramente por culpa de la máquina de volar… que el aceite de motor escapó de sus venas. Y su corazón, cargado de vergüenza, volvió a bombear sangre. Cuando dobló el último pilón era algo que creyó que nunca volvería a ser. Un ser humano. Sólo murió porque pensó en los seres humanos que podía matar si aterrizaba en la pista. Entre ellos se hallaban una mujer y un niño cuyo amor finalmente había aceptado. Una esposa y un hijo por quienes quería traicionar a la máquina voladora. Y ésta le traicionó a él. Murió con una muerte de héroe. Y merece nuestras lágrimas. Así que lancen suavemente la tierra en su tumba. Quítense el sombrero. Inclinen la cabeza. Y lean con respeto su epitafio:
“Aquí yace Roger Shumann. Hermano del desconocido hombre prehistórico que por primera vez montó un caballo para recorrer el horizonte.”

23 febrero, 2012

"En un principio, yo me preguntaba sobre lo que le había impedido hacer un descubrimiento tan general en la época de sus devastadores amores. Ahora ya lo sé: era el asco, una repugnancia infantil por los cuerpos que él juzgaba fatigados por antiguas caricias. De adolescentes, cuando mirábamos a las mujeres, yo las quería todas, pero él sólo quería una, y que fuese la suya. No concebía que se pudiera amar si no era desde el alba y hasta la noche, ni que pudiese haber posesión cuando no se poseía a la mujer, cuando ella no te poseía a ti. Él pensaba que el hombre es sedentario, que las aventuras son como los viajes: unas abstracciones; mil y tres mujeres son mil y tres veces la misma, y él deseaba una sola que fuese mil y tres veces otra; amaría en ella, como una promesa contra la muerte, hasta los signos secretos de la fecundidad."
Jean Paul Sartre, marzo de 1960.
Prólogo a "Aden Arabia", de Paul Nizan